marzo 03, 2012

Enrique Bunbury, El Dueño de la Noche



Enrique Bunbury, el dueño de la noche

Enrique Bunbury ofreció un show inspirado en la presentación de “Licenciado cantinas”, su disco más latinoamericano. Fue en el Orfeo, ante 2.500 personas.



El zaragozano Enrique Bunbury sabe cómo atender sus caprichos. Cuando rompió con su grupo de siempre (Héroes del Silencio) y se tuvo que reinventar, probó de todo por afuera de lo que invitaba el sentido común. Se puso biónico, más sugerente, afectó su expresión sin temor al ridículo, jugó a ser Raphael arropado en una banda de salón, equilibró inquietudes con artistas de otra vibración como Nacho Vegas, deambuló con un pequeño cabaret. En todos los casos, fidelizó aún más a sus incondicionales, con los que mantiene una relación inquebrantable

En la actualidad, el berretín de Bunbury se enfoca en un repertorio latinoamericano que tiene por objeto captar cierto espíritu de bodegón, de agitada bohemia. Y es precisamente el disco que contiene esa pretensión, Licenciado cantinas, lo que el artista vino a presentar el viernes en el Orfeo Superdomo, adonde se dieron cita 2.500 personas. A concierto visto, se puede concluir que "Quique" ratifica en vivo el curso de lo grabado: haber elegido la variante del buen gusto y la expansión de originales por sobre las interpretaciones respetuosas y estériles. Porque en compañía de Los Santos Inocentes (sí, la banda de acompañamiento se llama igual que el desaparecido grupo pop noise argentino), Bunbury le pone una pata alucinatoria a su selección latinoamericana.

En este show, que el cantante afronta de chaqueta negra fileteada con lenguas de fuego, hay western hipnótico en la apertura (el instrumental El mar, el cielo y tú), rancheras que invitan a abrazarse con el mariachi y liquidar un litro de tequila (algo sugerido por el mismo Enrique a la hora de Ánimas, que no amanezca) y cumbias psicodélicas como El solitario (Diario de un borracho), en la que el solista grita con convicción "¡¡¡esta noche es mía!!!". Pero por sobre todo, el sexteto de acompañamiento brilló con suficiencia al afrontarBig bang, de inspiración funk, y No me llames cariño, en la que se dieron movimientos santanescos de naturaleza experimental.

Si se toma distancia de Bunbury (basta con no ser un cautivo de su personalísima expresión), se puede relacionar a esta versión suya con el Calamaro más versátil, con el Kusturica más gitano, con el Raphael más exuberante y hasta con un músico de soundtrackssuspensivas como Christan Basso. Para redondear una faena irreprochable, Enrique tuvo a su favor un sonido excelente, sin un desliz, y la acertada decisión de encadenar los temas sin respiro. "Estoy aquí para entretenerles", saludó en un momento. Nadie dudó nunca de que ese era el objetivo.

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